La arbitrariedad de cualquier rincón se vuelve magia.
Lo simple, normal y poco atractivo toma vida.
Desde un rinconcito al final de una calle sin salida,
hasta un cuadradito en la avenida principal,
todo se ve mejor.
Es la magia del otoño,
de los colores y del aire inesperado que cobija cada rincón,
haciéndonos recordar que en cada espacio, por ordinario que parezca,
tiene magia, tiene belleza y es fotografiable.
Vivir 21 años sin otoño me ha dado eso: la sensación
de que con cada otoño lo ordinario no lo es tanto,
que una vida simple y sencilla, con los detalles adecuados,
se vuelve mágica.
Es cuestión de atención plena y un poco de cariño,
y también color.