Llegó la primavera

Este año la primavera nos da una pincelada de lo bueno que es el sol y los cielos azules. Marzo entró soleado y con temperaturas superiores a los 12 grados. Hay un refrán que dice que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero podríamos cambiarlo: nadie sabe cuánto bien hace no tener algo hasta que se vuelve a tener.

Es así que una semana llena de días soleados y pajaritos cantando puede hacer que el sueño más letárgico de un invierno frío no sea tan trágico, porque por fin se puede experimentar lo necesarios que son los primeros días de la primavera.

Y así vale la pena omitir por algunos meses algo que parecería un sacrificio, pero que de alguna forma también ayuda a la evolución extraña de los procesos cognitivos y las perspectivas de la vida.

Este mes tengo la invitación diaria a descubrir la caja de las emociones, un nuevo ritual mañanero que consiste en sacar una carta de las 80 que trae. Ya nos hemos reído al ir sacando cartas y al hacer nuestros análisis psicológicos del porqué nos tocó el odio, la paz o el último awumbuk. Pero, de todas las que he visto, el odio es de las más interesantes.

Nos gusta sentir emociones placenteras y suprimir las incómodas, pero no se puede elegir en muchas situaciones lo que hay que trabajar y, como Jung lo diría, hay que trabajar la sombra.

El odio es como un virus que contagia hasta el corazón más puro. Es fácil odiar lo que no se entiende, lo que no se conoce y lo que es extraño. Es visible en el cine, en la literatura y en el día a día cómo el odio ha sido la raíz de tanta violencia. Para no odiar hay que conocerse muy bien, tener una mente abierta y educarse de muchas formas y, aun así, en una conversación, un día cualquiera, se nota en los primeros cinco minutos cómo fluye el odio en las venas de un desconocido.

El odio es un virus que tarde o temprano destruye no solo a su portador, sino también a lo que le rodea. Se expande a través de los gestos, las palabras y las acciones, y la única cura es el autoanálisis personal: trabajar el origen incómodo del porqué odiamos ciertas cosas.

Es un tema muy complicado, que acaba por lo general en violencia y acciones irreversibles.

Sería bueno pensar qué pesa más: el amor o el odio y las ramificaciones de ambos. Pero cuando alguien está infestado por este, cualquier palabra podría amenazar un desarme de estructuras, y a nadie le gusta eso. Por otro lado, se puede sembrar una vida con acciones que denoten lo contrario. Lo más difícil es vivir auténticamente y sin odio en un mundo donde se empuja a odiar más y más.

Si usted se siente contaminado de tanto odio en las redes sociales, en las noticias y en el mundo actual, cierre los ojos un momento o salga a caminar. Haga algo por usted y recuerde lo siguiente: al final de los días, llevar un corazón lleno de odio y llevar un corazón lleno de amor se verán muy parecidos; da igual, porque en la tumba se irán dos cuerpos y no se puede ver quién odió y quién amó en la vida. Pero lo que siempre será visible serán las huellas de la trayectoria y, lo más importante: irse con un corazón lleno de amor siempre será el mejor camino, ya sea aquí o en el más allá, si es que existe.

Aprovechemos para celebrar la Semana Mundial del Cerebro (16-22 marzo), para indagar en esas ideas que vemos a diario y catalizar el desarme del odio actual. Con el solo hecho de intentarlo, la balanza se moverá un poquito.